La ciudad británica de Sandwich (sureste de Inglaterra) celebra este domingo los 250 años del nacimiento del mundialmente conocido emparedado o bocadillo, creado según la leyenda por el conde de Sandwich, John Montagu.
Durante la tarde, actores vestidos con trajes del siglo XVIII interpretarán la velada legendaria durante la cual el conde, un jugador empedernido, reclamó le trajeran una tajada de carne entre dos de pan tostado para poder seguir jugando sin interrupción, según el portal internet del acontecimiento.
La leyenda dice que los que estaban en su entorno reclamaron "lo mismo que Sandwich", creando para la posteridad el famoso tentempié.
Un concurso para el que elabore el mejor sandwich y conciertos de música de la época en honor al conde figuran en el programa de los festejos.
Evidentemente, el actual conde de Sandwich organiza un almuerzo gigante en la minuta del cual se incluyen ... sandwiches en homenaje a su antepasado.


Fuente: Historia de la gastronomía


La historia del cine no sería la misma sin el Rick's Café Americano de Casablanca. Durante la Segunda Guerra Mundial el local de Humphrey Bogart era paso obligado para quienes huían del nazismo y trataban de viajar a Lisboa para alcanzar la libertad. “Posiblemente se trata del bar más famoso de la historia del cine, pero hay muchos otros bares, cafés y clubes igualmente memorables en los que a los cinéfilos nos encantaría entrar a tomarnos una cerveza o un capuchino”, explica el escritor Jesús Lens (Granada, 1970), autor del libro Café-Bar Cinema, publicado por Almed.

A lo largo de sus más de 450 páginas, incluido un cuadernillo de fotografías, el libro va construyendo una ruta por todos esos lugares míticos. “He tratado de recorrer esos bares con un estilo informal, del mismo modo que se comenta una escena a la salida del cine”, recalca el autor, al que ha costado trabajo poner punto y final a la publicación, una obra minuciosa y divertida que demuestra un amplio conocimiento del mundo del cine.

En la lista de imprescindibles de Jesús Lens hay locales como La Teta Enroscada, donde recalan los protagonistas de Abierto hasta el amanecer. “Hay que ser un tipo duro para atreverse a acercarse a la barra y pedir un tequila”, reconoce convencido de que Quentin Tarantino es uno de los directores que “con más mimo y pasión” ha reflejado los bares en sus películas.

El libro va construyendo una ruta por todos esos lugares míticos

Otra cantina inolvidable, violencia incluida, es El farolito de Cuernavaca, en México, donde termina el protagonista de Bajo el volcán, de John Huston. Situada en lo alto de una cuesta, se asemeja al caldero en el que van a arder todos los pecadores del mundo. “Es uno de los antros más infectos de la historia del cine, tratado por Huston con maestría”, añade.

En busca de emociones más fuertes, el lector puede visitar el Bada Bing, donde Los Soprano planifican sus negocios. “Es un club de strip-tease con bailarinas de locales auténticos como el Wiggles, en el que se inspira el cuartel general de una de las bandas criminales más reconocidas de la televisión”.

También hay hueco en el libro para lugares entrañables, como el Café de los Dos Molinos, en el 15 de la calle Lepic de Montmartre. “Por él desfilan legiones de seguidores de Amelie y se ha convertido en un icono turístico”, explica Lens, que recuerda otro café convertido en mito, el Café de París donde el protagonista de La dolce vita, de Federico Fellini, iba a seducir a Anita Ekberg.

Lens dedica un capítulo a los famosos diners, los restaurantes que siempre aparecen en las películas norteamericanas llenos de hamburguesas y pasteles de manzana, y a cuyo encanto han sucumbido muchos artistas entre ellos el músico Tom Waits quien se retrató en un diner para la portada de uno de sus discos.

Pero si hay un bar por el que Jesús Lens siente predilección, como buen mitómano, ese es el Kate Mantilini Restaurant, en el famoso barrio de Beverly Hills de Los Ángeles. Allí se filmó la famosa secuencia de Heat en la que se encontraron por primera vez en sus carreras Robert de Niro y Al Pacino, interpretando respectivamente a un atracador y al policía que debía detenerlo. Lens se detiene en una de sus curiosidades. “Como el montaje final de la secuencia quedó en formato plano-contraplano, nunca se vio en la pantalla a los dos actores juntos, lo que ayudó a extender el rumor de que su relación era muy mala y que por ese motivo no rodaron ni una sola toma juntos”, concluye.

Fuente: Historia de la Gastronomía



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¿Se imaginan al autor de ’Los tres mosqueteros’ metido entre fogones? Pues háganlo, porque Alejandro Dumas (1802-1870) era un cocinero de primera y un reputado gastrónomo. De su faceta como gourmet y sus recetas habla el libro ’Diccionario de cocina’ (Gadir), un libro precioso, con pocas pero bellas ilustraciones, que hará las delicias de los amantes de la literatura y de los estómagos refinados.

El escritor que alumbró ’El conde de Montecristo’ era nieto de un maître del duque de Orléans. Con esa genealogía no era extraño que a este novelista de desbordante curiosidad y cultura enciclopédica le diera por cocinar platos suculentos. Cuenta el poeta y dramaturgo Louis Bouilhet a su amigo Flaubert en mayo de 1858: "Dumas, en camisa, mete mano a la masa, hace una tortilla fantástica, dora la pularda.
Corta la cebolla, remueve las ollas y les da 20 francos a los pinches". Así era Dumas, un hombre apasionado que se colaba en la cocina del hotel donde se alojaba por el puro placer de preparar él mismo unas exquisitas viandas. También era dadivoso, a juzgar por las propinas generosas con que sobornaba a los pinches.
El libro que edita Gadir consta de una introducción de Dumas, a la que suceden toda una serie de recetas de platos solo aptos para paladares recios. Todavía no se había inventado la nueva cocina, y las raciones minúsculas que se ofrecen hoy en los restaurantes de postín debían de ser consideradas en el siglo XIX una grosería. Capón a la sal gorda, buey con guarnición de coles, pavo a las castañas son algunas de las propuestas del chef Dumas.
Sus notas están preñadas de erudición. Gracias a Dumas nos enteramos de que el gofre era "muy común en ciertas provincias", pero era poco degustado en París. Como todo buen francés, Dumas no se resiste al chauvinsmo: "La antigua cocina francesa brilla por los guisos; por su ausencia pecan al contrario todas las cocinas y sobre todo la inglesa". Y más adelante alardea: "Nunca otra cocina más que la nuestra estará a la altura de nuestras salsas picantes, no alcanzará la finura de nuestros guisos de pollo y carne blanca".
El siglo XIX fue una verdadera edad de oro para la gastronomía francesa, que, gracias a la defensa que hacen de ella la burguesía y la aristocracia, toma cuerpo y se impone a otras cocinas regionales. Reflejo de este aconteimiento es la presencia del arte culinario en la literatura, que atestiguan las obras de Balzac, Flaubert, Georges Sand, Maupassant. y, sobre todo, de Alejandro Dumas. ’El conde de Montecristo’, ’Los tres mosqueteros’, ’Memorias’ e ’Impresiones de viajes’ están trufados de pasajes gastronómicos dignos de figurar en una antología.
Dumas argumentaba que los escritores estaban especialmente dotados para ponderar las delicias de la ciencia gastronómica. "No hay nadie como los hombres de letras, habituados a todas las exquisiteces, saben apreciar mejor que nadie las de la mesa". En 1858, en la cúspide de su carrera literaria, abrigó la idea de rematar su obra con un gran diccionario gastronómico. Por desgracia, lo acometió once años después, cuando ya estaba enfermo y disponía de pocas energías. Su obra más sabrosa la emprendió un año antes de morir. Esta es la razón que explica que no llegara a ver nunca publicada la obra, por lo demás muy ambiciosa. Como explica Javier Santillán, editor de Gadir, el grueso del ’Diccionario de cocina’ de Dumas "se basa en su prodigiosa memoria, su gran experiencia viajera y su saber acumulado durante tantos años".

Interesante y ameno

Dada la envergadura del proyecto y la extensión original de la obra, Gadir ha hecho una selección de lo más interesante y ameno para el lector actual. Las recetas que se ofrecen son las más susceptibles de ser llevadas a la práctica. La primera parte de la obra -’Algunas palabras al lector’- es una pequeña historia de la cocina. El exordio es una exhibición de cultura e historia culinaria y cuenta con pasajes divertidos. En su repaso histórico de la gula, Alejandro Dumas cuenta: "El emperador Claudio Albino se comió un día, para almorzar, quinientos higos, cien melocotones, diez melones, cien papafigos y cuatro docenas de ostras". Si de de verdad ocurrió así, la bulimia de hoy en día es un juego de niños.
Puestas frente a frente Atenas y Roma, para Dumas la cuna de la democracia cae derrotada por su flojera en materia de caldos y pitanza. "Atenas, pese a sus vinos dulces, sus frutas, sus flores, su pastelería, sus postrea que ahogan la comida, nunca tuvo aquello que los romanos llamaron alta cocina".
El diccionario está repleto de anécdotas encantadoras y juicios controertidos, algunos de los cuales dejan en muy mal lugar a los españoles. Dumas es muy duro con los pobladores de solar nacional por su costumbre de almacenar el vino en pellejos. En ellos el vino se resecaba tanto que había que rascar y disolver el líquido coagulado para trasegarlo. "En España todavía se conserva así, lo cual le da un sabor abominable que los españoles pretenden comparar a un buqué tan apetecible como el de nuestro borgoña o nuestro burdeos".
He aquí un libro grato y bienhumorado, práctico y enjundioso a la vez. Eso sí, quien se atreva con las recetas del novelista tendrá que orillar su sesgo francés. Cosa bien fácil: basta sustituir la mantequilla por el aceite de oliva, mucho más cardiosaludable.

Fuente: Historia de la Gastronomía

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Destinos que endulzan al mundo
Lokums, waffles y pasteles de nata son algunos de los postres más famosos

El arte de viajar también incluye el degustar su gastronomía, y qué mejor si se trata de un postre. La guía de viajes Lonely Planet enlistó seis ciudades y sus respectivos bocados de dulzura, descúbrelos.

Delicia turca, en Estambul
Ali Muhiddin Hacý Bekir fue el pastelero otomano más famoso. Llegó a Estambul desde la ciudad de Kastamonu en 1777 y abrió la primer tienda (con su nombre) en el Old Town, donde inventó deliciosos caramelos y joyas de la gelatina llamados lokum o, como el resto del mundo los conoce, "Turkish Delight".
Hoy en día, la gente local sigue comprando sus lokums en la empresa que comenzó a realizar estos deliciosos dulces hace más de dos siglos.
La primera tienda que estableció Ali Muhiddin Hacý Bekir se encuentra cerca del Bazar de las Especias. También hay tiendas en Istiklal Caddesi y en el mercado de productos de Kadykoy. Actualmente sus descendientes establecieron una dulcería más, en Hersey Asktan, junto al Hotel Pera Palace en la capital turca. 
Estas delicias hechas a base de almidón y azúcar están espolvoreadas con azúcar glas y rellenas de pistache, avellana o nuez. Se venden en cajas decoradas, lo que los convierte en el regalo perfecto.



Tarta de queso, en Nueva York 
El pastel de queso, de una forma u otra, se cocina y se come en Europa desde los años 1400. Sin embargo, los neoyorquinos se han apropiado de su historia y del nuevo pastel de queso estilo Nueva York.
Inmortalizado por Leo Lindemann en 1921, esta versión está hecha de queso crema, leche, una pizca de vainilla y una base de galleta.
La cafetería Junior´s en Flatbush Avenue de Brooklyn abrió sus puertas en 1929 y se ha convertido en la catedral de este exquisito postre.


Gelato, en Florencia

El rico postre helado se lo debemos a dos cocineros italianos del Renacentismo italiano del siglo XVI.
La historia cuenta que el granjero Bernardo Buontalenti inventó en 1565 un postre congelado a base de natillas de leche, yema de huevo, azúcar y vino dulce al que después se le agregaría frutas de temporada.
Poco después la obra culinaria se le presentó a Catalina de Médici quien se encargaría de llevarlo a Francia donde poco a poco fue adquiriendo fama.
Florencia está infestada de gelaterias que compiten (sanamente) en crear el mejor helado artesanal de la región. Prueba el de tiramisú, el de crema con trozos de chocolate, fresa, melón y una infinidad de sabores. Pide que te lo sirvan con panna (crema), le dará un toque especial.



Gula Melaka, en Malasia
Se prepara sagú (bolitas de fécula de maíz), azúcar de palma y leche de coco, este postre tradicional se sirve raramente fuera de casa.
Usted puede encontrarlo en el menú de algunos restaurantes de Malasia, en particular en Melaka, pero ¿por qué no tratar de prepararlo?

Waffles o gofres de Bruselas
Una forma segura para diferenciar a un turista de un belga es por cómo ordenan sus gofres o waffles. Los locales nunca añaden crema batida, chocolate o algún otro ingrediente que no sea mantequilla y un poco de azúcar espolvoreada a esta galleta triangular en forma de rejilla.
Etablissement Max es un elegante restaurante dirigido por Yves Van Maldeghem, cuya familia comenzó con un puesto de gofres móvil en una feria. Ahora Yves hornea galletas con su familia en planchas de hace 120 años y también hace panqués y buñuelos de manzana.
Para hornear su propio gofre belga y otras delicias, la familia Van Maldeghem editó un pequeño recetario.



Pastel de Nata, en Lisboa
En la época medieval monjas y monjes elaboraban dulces para vender. Su especialidad era un pastel de nata, hecho con crema agria, leche y huevo.
Más tarde, el convento cerró y su panadero decidió vender la receta al empresario Domingos Rafael Alves, quien en 1837 abrió la Casa Pastéis de Belém, donde poco a poco los pastelillos de nata se volvieron todo un éxito.
Actualmente esta pastelería hornea cerca de 10 mil pastelitos al día, espolvoreados con canela.